La historia del Colegio
Santa Rosa está íntimamente vinculada a la Congregación
de las Hermanas Dominicas del Santísimo Nombre de Jesús.
El punto de referencia obligado es, sin lugar a dudas, la figura
de Elmina Paz de Gallo, mujer de profunda religiosidad que pertenecía
a la élite tucumana.
La epidemia del cólera que se abatió en Tucumán
en 1886, fue especialmente cruenta en virtud de las condiciones
de vida de los sectores populares y del precario sistema urbano,
que no contaba aún con un servicio de aguas corrientes. El
saldo más elocuente de los estragos del cólera se
reflejó en el inusitado incremento de la cantidad de niños
huérfanos y abandonados.
En 1886 la provincia carecía de una casa de niños
expósitos, por lo que la afligente situación de los
huérfanos generados por la epidemia, adquirió una
singular relevancia para el Estado y para la sociedad. En tales
circunstancias, Elmina Paz
de Gallo, alentada por el fraile dominico Angel
Boisdron, su confesor y director espiritual, decidió
convertir su vivienda de la calle 24 de Setiembre al 500, de San
Miguel de Tucumán, en asilo para acoger a estos niños.
Para ese entonces, Elmina era viuda y había perdido a su
única hija que falleció a los tres años de
edad. Su decisión generó la adhesión de un
grupo de mujeres de la élite, que secundaron de manera entusiasta
tal iniciativa. Hasta entonces su comportamiento se encuadraba dentro
del modelo que la Iglesia tenía reservado a las mujeres devotas;
no obstante, profundizó este rol dedicándose íntegramente
a la atención de los huérfanos y consagrándose
posteriormente a la vida conventual.
En consecuencia, el asilo Santísimo Nombre de Jesús
fue el primer orfanato que se formó en la provincia y comenzó
a funcionar el 28 de diciembre de 1886 albergando a 60 menores de
ambos sexos.
En forma simultánea a esta acción caritativa, este
grupo de mujeres intensificó su inquietud espiritual y decidió
asumir la vida religiosa. En función de este objetivo se
resolvió formar una congregación de "votos simples"
que preveía un tipo de vida mixto, contemplativa y activa.
De modo que, era la actividad caritativo-asistencial, en este caso
el cuidado de los huérfanos, una de las dimensiones centrales
que estructuró la vida religiosa. En este sentido, la congregación
tucumana, formaba parte de un movimiento de fundaciones y de reproducción
de filiales, que imprimieron un giro decisivo al papel desempeñado
por las religiosas en el cuerpo de la Iglesia durante la segunda
mitad del siglo XIX.
(Fuente: Bravo, Maria Celia. "Los cien años del Colegio
Santa Rosa, la historia del encuentro entre tradición e innovación".
Ed. Colegio Santa Rosa. 2002. Pag. 15)
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Vínculos
Elmina Paz - Gallo
Elmina nació en la ciudad de Tucumán, el 10 de Septiembre
de 1833, hija de Don Manuel Paz y Doña Dorotea Terán.
Contrae matrimonio a la edad de 24 años, con Napoleón
Gallo, hombre de fuerte militancia política, nacido en la
provincia de Santiago del Estero, ciudad en la que vivieron durante
siete años. Su esposo muere el 1 de Junio de 1886, a la edad
de sesenta y siete años, luego de una larga y penosa enfermedad,
durante la cual Elmina lo cuidó y acompañó
permanentemente.
En "el gesto simple, grande y magnífico con que abrió
su casa" a las víctimas más pequeñas del
cólera, podemos sintetizar su herencia espiritual.
El dominico, Fray Angel María Boisdron, estaba desesperado
por encontrar algún alivio a la situación y fue en
búsqueda de la ayuda de Elmina, ella respondió con
estas palabras:
"Mi padre, a los niños pobres los ayudaré no
sólo con dinero, sino con mi vida toda. Yo los cuidaré,
mi casa será la de ellos".
Con el gesto de abrir su casa, nos enseña a escuchar hoy
la llamada de dolor de los que nos rodean y a escribirlo en nuestro
corazones, comprometiéndonos con ellos.
(Fuente: Hna María Haydée Herrera - Lic. en Teología)
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Orígenes Las Hermanas Dominicas del Santísimo
Nombre de Jesús.
El verano de 1886-87 encontró a Tucumán en una crisis
sanitaria provocada por la epidemia del cólera que afectó
a toda la población, especialmente a los sectores populares
y rurales .
La magnitud del flagelo superó las posibilidades de control
del Estado provincial, por lo que resultó fundamental para
superar la crisis, la ayuda del gobierno nacional y la participación
de instituciones y vecinos de la ciudad. En esta circunstancia la
Iglesia local se abocó a la tarea de asistencia en favor
de los damnificados sin que se pudiera resolver el problema de atención
de las víctimas pequeñas.
La urgencia por solucionar el vacío institucional y encontrar
un lugar adecuado para atender a los huérfanos, motivó
al fraile dominico Angel María Boisdron, a que solicitara
ayuda para los niños, a Elmina Paz de Gallo, quien a pesar
de su reciente viudez no dudó en disponer de sus bienes,
transformar su vivienda para acoger a los necesitados y aún
más, asumir personalmente el cuidado de los huérfanos.
Cuando Elmina Paz dio inicio a su obra, transformando su vivienda
en asilo el 28 de diciembre de 1886, respondió mucho más
allá de lo esperado. "No sólo con mi dinero sino
con mi vida toda ayudaré a estos niños huérfanos...
Mi casa será la de ellos..." , fueron las palabras que
dirigió a Fr. Ángel María Boisdron, expresando
el deseo más profundo de su corazón.
Este hecho generó, entre los miembros de la élite
tucumana, opiniones contrapuestas. Hubo quienes consideraron que
tal desempeño era indigno para una mujer de su clase, puesto
que tradicionalmente las damas tucumanas se limitaban a gestionar
y administrar los recursos destinados a las obras de caridad, pero
no asumían la ejecución directa de las tareas y menos
aún el contacto personal con las personas necesitadas. Sin
embargo, la resolución de Elmina Paz de hacerse cargo de
la atención de los huérfanos, despertó la adhesión
de un sector importante de la sociedad, especialmente de un grupo
de jóvenes mujeres que se incorporaron a las cada vez más
exigentes tareas que demandaba la obra. El acelerado incremento
del número de huérfanos -en febrero sumaban casi un
centenar- planteó la necesidad de la continuidad del asilo
para asegurar el futuro de los niños una vez superada la
crisis.
La experiencia caritativa profundizó el fervor religioso
que animaba al grupo de mujeres provocando un giro vocacional que
las llevaría a radicalizar sus vidas a través de una
opción conventual que dio origen a la fundación de
la congregación de "Hermanas Dominicas del Santísimo
Nombre de Jesús". En menos de seis meses de fundado
el Asilo de Huérfanos se solicitaron los permisos eclesiásticos
para fundar la congregación y el 17 de junio de 1887 comenzó
la formación de las 12 postulantes bajo la dirección
de Boisdron. El 15 de enero de 1888 realizaron los primeros votos
temporales y tres años más tarde los votos perpetuos.
La Congregación fue afiliada a la Orden Dominicana el 4 de
Julio de 1888 y aprobada por la Santa Sede el 7 de septiembre de
1910.
Esta iniciativa femenina, tan propia del siglo XIX de congregarse
bajo un objetivo religioso, generó en Tucumán, un
nuevo espacio para las mujeres católicas que les propició
no sólo la vía para asumir la radicalidad evangélica,
sino que también se constituyó en un ámbito
específico de participación en la esfera social, con
los rasgos propios que propone la caridad y el servicio a los sectores
más vulnerables.
Desde sus orígenes la Congregación asume el carisma
dominicano, abriéndose a así a la experiencia de un
proyecto de búsqueda de la verdad y vivencia de la compasión,
que la fue conduciendo a comprometerse en distintos lugares de predicación.
Ya en 1890 Elmina Paz-Gallo escribía a Fr. Ángel María
Boisdron en estos términos:
"Además de nuestra misión con los huérfanos
y escuelas de pobres puede usted aumentar las cosas que le parezcan
convenientes podríamos hacer en otro tiempo para dar más
gloria a Nuestro Señor". Por otra parte, en las primeras
Constituciones se afirmaba lo siguiente:
"Cuidar a los huérfanos víctimas de la epidemia,
fue la primera labor, en la que se les señaló su apostolado
de caridad para con los pequeños, los humildes y los desamparados...
Si alguna vez el Padre celestial las llamara a la enseñanza
superior de la juventud u otras tareas, las aceptarán, pero
sin renunciar jamás el carácter de sus principios,
que les da un rasgo de semejanza con Aquel que quiso evangelizar
a los pobres."
Nuestra Congregación fue ampliando en los años siguientes
a su fundación los servicios a la comunidad en distintos
puntos de Argentina y más tarde en otros países. Se
abrieron nuevos hogares para niños huérfanos y colegios.
Se descubrieron nuevos modos de presencia como consagradas, entre
los jóvenes, los campesinos, indígenas, los pobres
y marginados, chicos de la calle, investigadores y estudiantes universitarios,
entre mujeres que luchan por su dignidad, en la búsqueda
de diálogo con las diferentes culturas, las Iglesias cristianas
y las diversas experiencias religiosas.
Muchas mujeres y varones laicos, se sumaron a esta aventura, de
vivir el sueño de Elmina, Ángel María, sus
amigas y amigos. Hoy la Congregación busca continuar este
proyecto de verdad y compasión, según se expresa en
el himno a nuestra madre Elmina:
"Y mientras haya algún gemido
de dolor
alguna voz que reclame verdad
esa será la razón
de continuar lo que ella empezó".
1.-Alberti, Tomasa. Vida de Sor María Dominga del Santísimo
Sacramento Paz - Gallo, pag.19
2.-Idem pag.28
3.-Primeras Constituciones de las Hermanas Dominicas, 1893, pp.
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