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Redes sociales: ¡Jesús regresa!

Redes sociales: ¡Jesús regresa!

“Jesús está en Facebook y quiere ser tu amigo”. Más allá de la graciosa ocurrencia, este mensaje, que circulaba hace algunos meses, me parece ilustrar la forma con la que las redes sociales han instalado la presencia cristiana en internet. Mientras nuestras sociedades laicas tratan de confinar las religiones a la esfera de lo privado, Facebook, Twitter y otras redes sociales vuelven público lo que, hasta la actualidad, era de orden íntimo: nos exponemos en esta nueva ágora y en esa misma ocasión proclamamos nuestra fe. Echado por la puerta, Dios regresa por la ventana. Sin embargo, si asistimos al surgimiento de una opinión pública cristiana, nadie invita a participar de la discusión a la Iglesia o a las instituciones religiosas.

En internet, además, la innovación ha avanzado definitivamente sobre la tradición. Con la Web 2.0, la voz de los padres se calló dando lugar a la voz de los expertos (los periodistas, por ejemplo), y a la de los pares, los internautas: “es cierto: ¡todos mis amigos de Facebook lo dicen!”. No hay autoridad superior con más derecho. El único criterio de verdad es la popularidad, manifestada por los buscadores tales como google o el número de visitas a las redes – los famosos “Me gusta”-. Si queremos que la Verdad triunfe,  tenemos entonces que hacerla popular.

En un orden donde el lema es Veritas, esta situación plantea un doble desafío: hacer oír la Palabra de Dios en el seno de la algarabía por Internet y sentar las  bases de lo que podría ser una “doctrina digital de la Iglesia”. Estas aspiraciones sólo podrán ser sostenidas abandonando el discurso institucional y dando lugar a una palabra dirigida y comprometida que integre los códigos de la cultura dominante dentro de cada país, del mismo modo que la cultura retoma y/o aparta los símbolos cristianos. No se trata de decir lo mismo que todo el mundo dice, sino de hablar el mismo idioma que habla la gente. Para los predicadores, esta condición no debería ser difícil de cumplir, pues la identidad dominicana no es otra que la predicación misma: no hay mejor forma de hablar del Orden que anunciando la Palabra de Dios. Esta inculturación necesita, sin embargo, una porosidad con el mundo de los medios de comunicación y de la creación tecnológica, que supera la simple subcontratación de proyectos técnicos a profesionales. Demanda un compañerismo durante su desarrollo tal como el emprendido por ciertos hermanos con los artistas. ¿Hasta cuándo una limosna de la tecnología?

Por otra parte, la predicación digital fuera del “púlpito de verdad” reservado sólo a los sacerdotes, abre la predicación, más ampliamente que la homilía, a todos los miembros de la familia dominicana. Hermanas y frailes, laicos y miembros de movimientos de juventud tienen su participación y su responsabilidad.  Todos están también llamados a colaborar, en el seno de los proyectos que requieren una gran diversidad de dones y de talentos, yendo de la informática al acompañamiento de los jóvenes, pasando por el video, la escritura y…la oración.

El entrelazamiento progresivo de las actividades conectadas (que algunos llaman a propósito “virtuales”) y de las actividades off line, desconectadas, implica pensar en el aspecto tecnológico de cada una de nuestras predicaciones. Lo que comienza en las redes sociales continúa frente a frente e inversamente. Por lo tanto, internet no es más sólo un quehacer de especialistas. Tal evidencia nos impulsa a privilegiar los proyectos promovidos por el conjunto de una comunidad o por una red. Los relevos de nuestros conventos permiten, en efecto, dar substancia a contactos tecnológicos que pueden con frecuencia calificarse de  “relaciones débiles”. Son también propicios para el desarrollo de proyectos espirituales que proponen un retorno a la interioridad en el seno mismo de la interactividad.

Fray Eric Salobir OP (Mariana Sawaya, trad.). Anuario 2015. Desarrollo Institucional Colegio Santa Rosa

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